Definimos el poderío no como un concepto aislado, sino como una seña de identidad profundamente arraigada en nuestra cultura. En Andalucía, este término trasciende el diccionario; es un motor que ha impulsado históricamente la lucha obrera, la resistencia frente a la uniformidad y una forma de entender la dignidad de clase como un acto de hermandad inquebrantable frente a las adversidades.
Al explorar el significado profundo del poderío, es imposible no recordar la trayectoria de las folclóricas. Aquellas mujeres, que operaban en una industria hostil y profundamente patriarcal, lograron conquistar el espacio público con una naturalidad subversiva. Ellas no solo cantaban; trazaron senderos invisibles, defendiendo su derecho a la voz propia y al reconocimiento, sentando las bases de lo que hoy entendemos como una actitud firme y necesaria ante cualquier tipo de opresión.
Es la sabiduría ancestral que se hereda y fluye entre mujeres de distintas generaciones.
Representa los corros de vecinas, las sillas al fresco y la economía de cuidados donde se comparten ollas, semillas y vulnerabilidades.
Es el acervo de saberes populares que la academia tradicional ha despreciado sistemáticamente por no encajar en sus marcos rígidos.
Reivindicar estos códigos —las formas de hablar de nuestras abuelas, los acentos de nuestros barrios y la cultura de la plaza pública— es nuestra manera más auténtica de hacer política. Los medios de comunicación, en muchas ocasiones, han reducido estas identidades a estereotipos o herramientas de criminalización. Frente a esta narrativa impuesta, nosotros oponemos nuestro propio relato. Nuestra identidad es colectividad; es la capacidad de mantener la frente alta incluso cuando las estructuras sociales exigen que permanezcamos en silencio.
La organización comunitaria como herramienta de transformación social
El verdadero impacto de nuestras alianzas no reside en abstracciones teóricas, sino en la transformación tangible que ocurre en las periferias. Un ejemplo ineludible es el movimiento de la ILP Regularización YA, que ha convertido la movilización constante en la calle en el motor principal para el reconocimiento de derechos fundamentales de las personas migrantes. Esta lucha demuestra que la organización es la única vía efectiva contra la precariedad laboral y social.
Debemos comprender que el poderío real no nace de la dominación, sino de la red que construimos. Son las jornaleras que, frente a un sistema colonial y racista, han decidido vencer el miedo para reclamar condiciones dignas. La transformación social verdadera no vendrá de las élites, sino del tejido resiliente que construimos desde lo local hacia lo global, cuidando de las personas y del planeta. Esta es, en esencia, nuestra forma de ejercer poderío: creando espacios donde todas tengamos cabida.
Atravesamos una coyuntura crítica donde sectores reaccionarios intentan imponer un modelo basado en el extractivismo, el patriarcado y el miedo. Como bien señala Ken Loach, debemos identificar claramente quiénes son los actores que fomentan la división: son las grandes corporaciones y los grupos de poder mediático los que, para preservar su status quo, intentan culpar a las personas migradas de problemas estructurales que ellos mismos provocan. No permitiremos que utilicen nuestra identidad en contra nuestra.
Nuestra respuesta es la unidad en la diversidad. Hacemos un llamado a defender los caminos que garantizan una vida digna para la mayoría. La solución pasa por el respeto mutuo, el cuidado de la tierra y la garantía de derechos universales. Hagámoslo con alegría, con subversión y, sobre todo, con la convicción de nuestra fuerza colectiva. Esa es la esencia final del poderío que nos mueve.