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Durante la evaluación realizada de las donaciones entregadas a las organizaciones de mujeres migrantes en el Estado español en 2016, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Gilma Martínez de Brujas Migrantes y conocer algo de su trayectoria vital.

Gilma Martínez es una mujer hondureña que vive desde hace 13 años en España y a quien Brujas Migrantes le cambió la vida. Brujas Migrantes es “un grupo de mujeres sin territorio ni frontera que trabaja por la reivindicación de los derechos de las mujeres” y es uno de los grupos que apoyamos desde Calala Fondo de Mujeres.

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La historia de Gilma con Brujas se gestó en una cena en honor a la hija de Berta Cáceres en Madrid. Desde ese día empezó a asistir a los encuentros, se fue involucrando, hasta hoy que hace parte activa del movimiento de migrantes que alzan su voz en contra de la violencia hacia las mujeres.

Brujas Migrantes cambió tanto su vida como la de su familia. En este grupo aprendió el significado de sororidad, aprendió sobre los derechos sexuales de las mujeres, desnaturalizó las practicas machistas a la que estaba acostumbrada y sigue aprendiendo y trabajando por las reivindicaciones feministas. “Las Brujas han cambiado mi vida de alguna manera. Desde que las he conocido estamos todas muy unidas y cuando hay un problema es un problema de todas; nos ayudamos mutuamente” comenta. Poco a poco ha cambiado su forma de pensar y actuar, aprendiendo de las otras mujeres del grupo. Ha aprendido de cada una un poquito “todas somos mujeres feministas, madres, hermanas, luchadoras y todas somos extranjeras, ellas no saben lo importante que son en mi vida; ahora lo sabrán”.

Gilma es consiente que compartir con ellas le ha dado nuevas lentes para mirar el mundo. Esta nueva visión le permitió comprender que algunas creencias que ella entendía como “normales” y otras como tabúes, son excluyentes, machistas y patriarcales.

Ahora entiende la injusticia que padecía en Honduras cuando le pagaban menos dinero que sus compañeros realizando el mismo trabajo e incluso uno con más responsabilidades. Como también entiende que muchas de las asignaciones de roles y cargas del hogar que ve, en los pisos que trabaja limpiando aquí en España, tienen un patrón machista. “Yo ahora lo veo diferente, ¿por qué si mi compañero trabajaba igual que yo, yo no ganaba lo mismo o ganaba menos? (…) Lo veo igual aquí, la mujeres españolas trabajan y el hombre español también trabaja (…) hay otros que no hacen nada, todo se lo dejan a la mujer. Encima que ella llega cansada de trabajar y llega a la casa y le toca hacer todo”.

La violencia en contra de las mujeres la veía de forma natural. Creció viendo como a las mujeres las tratan mal sus parejas, las controlan, gobiernan y violentan. Vivió de primera mano tanto la violencia verbal como física y solo denunció porque fue encontrada por la policía; si no, no lo hubiera hecho. Ahora entiende que la violencia contra las mujeres no es solo física y que ninguna es aceptable bajo ninguna circunstancia.

Respecto a los derechos sexuales y el aborto es un tema que no se atrevía a abordar con sus hijas. A través del aprendizaje constante en este grupo y conociendo la experiencia de otras jóvenes de la edad de ellas ha reconstruido esta relación. Ha podido hablar con libertad e información sobre estos temas. “Yo con lo de la sexualidad, esas cosas yo nunca las había hablado con mis hijas. La última vez que recibimos un taller de sexualidad con las Brujas se me caía la cara de vergüenza que no tenía el valor de hablarlo con mi hija. Ahora yo lo hablo con ellas y con la mayor más (…) ahora hay cosas que entiendo que antes yo no entendía”.

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Este grupo de migrantes, convoca a mujeres extranjeras, madres o mujeres que necesitan ayuda a talleres formativos. El propósito es que se haga una red que replique un mensaje en contra de todas las formas de violencia contra las mujeres y ayude a empoderarlas, fortaleciendo su capacidad de transformación. Todas las mujeres que migran, cualquiera que sea su motivo, tienen algo en común que es el encontrarse con un mundo diferente y que viven un proceso de adaptación que nunca termina.

La nueva realidad a la que se enfrentan es una realidad hostil. Una sociedad discriminatoria, unas instituciones que a través de sus trabas burocráticas silenciosamente las excluyen. Las mujeres inmigrantes siendo un colectivo heterogéneo respecto a sus circunstancias, vivencias y problemáticas se enfrentan a un nuevo escenario precario. Las que no tienen papeles de residencia, si logran conseguir un trabajo son a menudo víctimas de abuso y bajos salarios. Se encuentran además en una situación de invisibilidad y desprotección legal que las hace más vulnerables a la explotación. En el trabajo de servicios doméstico o cuidado de personas; en muchos casos se producen condiciones de dominación y abusos.

La soledad que origina estar lejos es real y son tantas las vidas que transforma este grupo que Gilma afirma que “Si hubiera más grupos como las Brujas migrantes… en cada comunidad, en cada municipio, en cada sitio. Como una red de mujeres, porque no parece, pero las mujeres extranjeras lo necesitamos y mucho”.

Brujas no es solo una red sino una familia, un espacio de compartir vidas, de compartir una lucha, una reivindicación que no es solo para las mujeres migrantes sino para todas.